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La juventud de un santo

Maria Casal

Etiquetas: Alegría, Amor de Dios, Generosidad, Juventud, Optimismo, Vocación cristiana, Suiza
Se podrían estudiar muchas características de los santos, pero en la casi infinita variedad de los que la Iglesia nos da a conocer, hay varios rasgos en común que no pueden faltar en ninguno. El rasgo en el que quiero profundizar es la juventud, el espíritu joven.

María Casal, autora del artículo
María Casal, autora del artículo
La juventud es algo más que los años, es un espíritu, una actitud frente a la vida y a la muerte que irradia frescor y alegría. Todos los santos, aún los que han llegado a las edades más avanzadas, poseen este espíritu, aunque en algunos pueda ser más marcado que en otros. El secreto de esta actitud joven reside en el trato con Dios, del que saca la confianza, la ‘desfachatez’, la seguridad y el optimismo de quien se sabe siempre en buenas manos, siempre protegido, siempre querido, siempre mimado. Y en esta relación con su Dios, el santo descubre sobre todo —y hace descubrir a otros— el hecho de que Dios es Padre. Nos lo enseñó expresamente Jesucristo, que habla de ello en muchas ocasiones, especialmente, de un modo clarísimo, en su respuesta a quienes le pedían que les enseñase a rezar: ‘Vosotros, pues, rezad así: Padre nuestro que estás en los Cielos...’1 . A un buen hijo, aunque sea ya adulto, frente a su padre siempre le será fácil tener esa actitud de confianza y seguridad, de abandono y despreocupación, pues sabe que su padre lo ama y le ayudará con todas sus posibilidades, por grave que sea la situación.

El espíritu joven en san Josemaría
Toda su vida quiso que se le considerase joven; solía decir que se enfadaría si alguien le recordaba sus setenta años, pues sólo tenía siete. Lo decía formando esta cifra con los dedos. Le gustaban mucho las oraciones que se rezaban al pie del altar antes de la reforma litúrgica: Ad Deum qui laetificat iuventutem meam..2 . Por lo que acabo de decir, es lógico también que Dios hiciese descubrir muy pronto a san Josemaría esta estupenda y consoladora verdad de que Dios es Padre. Toda institución de la Iglesia mostrará este rasgo de la llamada filiación divina, pero el fundador del Opus Dei profundizó tanto en ella, que el Señor se la hizo ver como el fundamento del espíritu que transmitió.

En él, el espíritu joven se manifestaba, por ejemplo, en la naturalidad de su actuación y de su trato. Durante los veinticinco años en que tuve la dicha de ser testigo de su vida, y de tener ocasiones para el trato directo, nunca aprecié en él nada afectado, ni en su actitud, ni en sus palabras. Tenía la sencillez del niño pequeño, que hace y dice lo que en ese momento considera acertado y se muestra delante de todos sin nada torcido, enmarañado, falso, porque no tiene miedo al qué dirán. Siempre nos insistió en no tener respetos humanos a la hora de acercar a las personas a Dios o de cumplir nuestro deber. Recuerdo el día que llegué a Roma, en 1963, para ser profesora en un centro internacional para mujeres del Opus Dei y el Padre me recibió con otras personas. Nos habló muy seriamente de que tendríamos que estudiar mucho, pues hasta entonces, otras muchas tareas casi no nos lo habían permitido. Era un momento serio e importante, pero no por eso había engolamiento en sus palabras. Al contrario, su conversación estaba tan llena de sentido común, esmaltada con expresiones originales y divertidas, que no pude retener la risa, aunque no fuese momento para ello.

Solía decir que se enfadaría si alguien le recordaba sus setenta años, pues sólo tenía siete. Lo decía formando esta cifra con los dedos.
Solía decir que se enfadaría si alguien le recordaba sus setenta años, pues sólo tenía siete. Lo decía formando esta cifra con los dedos.
Los niños suelen ser optimistas. Están llenos de esperanza, saben que ante cualquier problema ahí están sus padres para solucionárselo. San Josemaría vivió ese optimismo, aunque con una perspectiva sobrenatural, durante toda su vida. El optimismo, en el cristiano, no es insconsciencia ni temeridad, sino que procede de la visión sobrenatural, es decir, de la fe y de la esperanza. Sabe que todo irá bien porque es Dios quien decide sobre el destino de cada hombre. Para quien ama a Dios, todo es para bien3 , repetía san con mucha frecuencia, siguiendo a San Pablo. Además, Monseñor Escrivá tenía el don de transmitir ese optimismo a otros, sobre todo a sus hijos. Desde que me incorporé al Opus Dei estuve en el inicio de bastantes proyectos difíciles, en general con muy pocos medios y sin experiencia: una Escuela hogar, la Escuela de Enfermeras de Pamplona, los comienzos de la labor apóstolica del Opus Dei en Suiza... Saber que san Josemaría esperaba eso de mí, porque Dios lo esperaba de él, era suficiente para tener certeza del ‘éxito’ de la empresa en cuestión.

Lógicamente, una persona optimista es una persona alegre, como son alegres los niños. El fundador del Opus Dei fue siempre alegre, capaz de hacer reír en los momentos más duros. Este rasgo era tan notable en él que un libro que recoge algunos recuerdos sobre Josemaría Escrivá se titula Maestro de buen humor4 .

La juventud es magnánima, espera mucho de sí misma. Desea hacer algo grande, hacer de su vida algo que valga la pena. San Josemaría esperaba llegar a la meta más alta que se pueda alcanzar: a la santidad. A los jóvenes de mi época nos tocó vivir dos guerras: la civil española y la segunda mundial. Estas profundas experiencias de dolor y muerte nos llevaron a profundizar en el sentido de la vida. Así fué también en mi caso. Para hacer algo que valiese la pena —la vida es corta, pensaba— decidí estudiar Medicina, porque era lo único que podía presentarse en mi horizonte hasta que conocí el Opus Dei.

En ese momento descubrí que lo que realmente valía la pena era lo que Josemaría Escrivá transmitía en toda su enseñanza: vivir para Dios, hacerlo todo por El y llevarle almas. Era la empresa más grande que se podía acometer y pienso que este sucedido lo ilustra muy bien: recuerdo que estando yo en Pamplona, trabajando en la Escuela de Enfermeras del entonces Estudio general de Navarra, que después fue reconocido como Universidad estatal, fuimos la jefe de enfermeras y yo a hablar con el decano, don Juan Jiménez Vargas, que ya ha fallecido, sobre la posibilidad de tener un edificio propio en el hospital de Navarra.
Nos habían ofrecido un pabellón totalmente destartalado, del que el arquitecto había asegurado que no servía, y como no teníamos dinero para otra cosa, estábamos bastante abatidas. Entonces, don Juan, que era muy parco en palabras, sacó de su bolsillo un papel y empezó a alisarlo con la mano. Quisimos saber qué era. Don Juan había acompañado a san Josemaría durante la guerra civil en su huída a través del Pirineo, y conservaba un esquema que éste había escrito en esos momentos sobre la organización de la futura Universidad de Navarra, que no existía más que en sus sueños. Y es que el santo, como el niño, es un soñador, aunque sea, como san Josemaría, un gran realista. Naturalmente, se acabaron los desánimos.

La juventud busca respuesta a las preguntas elementales: sentido de la vida, de la muerte, del dolor. Por los distintos escritos biográficos sobre Josemaría Escrivá se sabe que también pasó por estas inquietudes, aunque desde pequeño, ante cualquier dolor, como fue la muerte de tres de sus hermanas y la quiebra del negocio paterno, se había agarrado a la fe vivida en casa de sus padres. En mi caso, por mi falta de formación religiosa, no encontraba solución a estas preguntas, hasta que, con la enseñanza de san Josemaría, pude comprender en toda su amplitud el valor del sufrimiento. Siendo protestante, tenía como explicación el ‘hágase tu voluntad’5del Padre nuestro, pero no me bastaba. Cuando mis compañeros de Medicina me hicieron conocer Camino, descubrí que el dolor era mucho más: era expiación de los pecados propios y ajenos, y sobre todo era acompañar al Señor en su Cruz, era padecer por amor. Pienso que éste fue uno de los descubrimientos más sensacionales de mi vida.

La juventud sueña con el amor. Un amor puro y grande, que no traicione, que no se acabe nunca. San Josemaría lo había encontrado en Jesucristo, y empleó toda su vida en hacerlo descubrir a otros: también a mí. Descubrir eso que los católicos llamamos vocación, esa llamada de Dios, fue algo inexpresable, que me hizo feliz entonces y sigue haciéndome feliz ahora. A la vez, encontrar ese amor lleva a decidir un proyecto vital, la orientación que permite a uno profundizar en el sentido de la vida. Y esto, en la juventud. da una inmensa seguridad. Produce además decisiones de entrega, darse cuenta de que vale la pena darlo todo, hasta la vida, por ese amor, y da la convicción de que siempre es poco. La juventud es generosa, se da sí misma sin tasa . No calcula, no regatea. Así actuó san Josemaría durante toda su vida: por eso fue siempre joven, y por eso vale la pena tenerlo como ejemplo.


Maria Casal, de nacionalidad suiza, nació en Guillena (Sevilla). Estudió en el bachillerato en la Escuela francesa de Sevilla y un año de Economía doméstica en Suiza. Obtuvo el doctorado en Medicina por la Universidad de Barcelona. Fue la primera Directora de la Escuela de Enfermeras de la Universidad de Navarra. Reside en Suiza desde 1965.


Notas
1. Mt. 6, 9.
2. Ps. 42, 4.
3. Rom. 8, 28.
4. J. L. SORIA, Maestro de buen humor, Madrid 1993.
5. Mt. 6, 10.
6. Cfr. Camino, 30.


Actas del Congreso "La grandeza de la vida corriente", Vol. VIII Juventud: construir el futuro, EDUSC, 2003.

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